“Te fuiste. Necesitaste hacerlo. Y tal vez tenías razón al decir que ambos lo necesitábamos, por más que yo sea incapaz de creerlo. Y aunque te aseguraste de recoger todas tus cosas, no pudiste llevarte todo: en cada rincón de la casa quedan tu aroma, tu risa, el eco de tus palabras y el crujido de la tarima al paso de tus pies descalzos.”

Sergio dejó caer el bolígrafo y recorrió con sus ojos aquellas paredes en las que también algunos clavos y marcas echaban de menos algo. No sabía qué le aterraba más, si la perspectiva de estar solo, o la de encontrar enseguida una nueva pareja por no saber estar solo. Ambas le producían vértigo y desorientación. Y, acompañando sus miedos, aquella sensación de que ella aún estaba ahí, y el convencimiento de que fácilmente encontraría un cabello suyo en el momento de ánimo más frágil. Así que, incapaz de afrontar por ahora la soledad de su casa, salió a la calle.

El sol le recibió con una calidez que él quiso entender como cariño. «Es tan fácil verlo todo negro», pensó, «que quizás una posible salida sea disfrazar los detalles». Aunque por más que la cabeza quería querer guiar, el cuerpo quería sencillamente vagar. Se sentía triste, y respirar le dolía. Seguro que el corazón seguía ahí, que no le faltaba nada dentro del pecho. Nada físico, al menos. Pero la física no alcanza a explicar la totalidad de las cosas.

“El amor arraiga fuerte. Y cuando se arranca una raíz profunda, la tierra que la abrazaba se estremece y desgrana.”

Encontró un refugio de césped, se sentó, y durante esa eternidad que duran algunos instantes consiguió mantener un equilibrio entre aguantar las lágrimas y respirar sin ahogarse.