«El mundo es egoísta, Quelbos. Lo que abunda es la miseria. Y el odio, el desprecio, la envidia… ¿Tú te lanzarías a los caminos, perseguido por los monjes, buscando un ideal?»

«—Arcris, ¿cómo era tu vida en Helm, antes de que llegásemos nosotros? ¿En qué consistía tu día a día?

—No era gran cosa —murmuró ella, mientras recogía un poco de nieve y la dejaba caer entre sus dedos—. Puedes imaginártelo: barrer, limpiar, lavar platos, ordenar, servir bebidas, servir comidas, echar borrachos a la calle, pegar a los que tenían las manos muy largas, rehuir las babosas proposiciones del tabernero y los odiosos sermones de los monjes… un asco.

—¿No tienes familia?

La pelirroja sacudió la cabeza, y esbozó una mueca que daba cuenta de un pasado por el que no sentía apego.

—Me escapé de casa porque estaba harta de las palizas de mi padre. Era… o es, aunque para mí mejor si está muerto… un soldado borracho y arruinado. Era como no tener familia, porque ni mi madre ni mis hermanos se atrevieron nunca a discutir con él. Sin hacerlo ya recibían también lo suyo. Y en mi caso, a las palizas últimamente les seguían algunas miradas y algunos intentos de caricias que ninguna chica espera de un padre. Y menos de ese.

—Uff…

—Decidí que tenía que largarme de allí, porque era o eso, o coger un cuchillo y cortarle el cuello. ¿Sabes? Lo pensé más de una vez durante los últimos meses. Por las noches, al acostarnos todos, yo ocultaba una vieja daga suya bajo el cuerpo, y me quedaba quieta, en silencio, sin dormirme, hasta que le oía roncar. Con los primeros ruidos de la mañana, antes de que se despertase él, corría a esconder la daga en el fondo de un cajón, hasta la noche siguiente. Y más de una vez, durante el día, pensaba en esa daga… Sí, muchas veces pensé en acabar con aquello. Pero si lo hubiese matado, los monjes me hubieran llevado a la horca. Ya sabes, las mujeres a ojos de Kalyrs no valen nada.

—Ya…

—Así que me subí a un carro de gitanos que iba hacia el sur y llegué a Helm. Busqué trabajo, pero sin experiencia en nada, sin oficio, sin saber leer, sin conocidos ni contacto alguno que me ayudara, prácticamente lo único que me ofrecían era trabajar en prostíbulos… —sonrió con acritud—. No sé si eso hubiera sido muy diferente al sitio donde acabé. Porque ser camarera en aquel parador era realmente asqueroso.

—Siento lo que has vivido, Arcris…

—No me sirve que lo sientas —respondió ella con dureza—. La vida que te toca es la que te toca. Tú has tenido suerte, has contado con gente que te quería y que te dio educación. Yo he aprendido a sobrevivir entre gentuza. ¿Y sabes qué? Tras todo ello, seguramente yo sea más fuerte de espíritu que tú.

—Quién sabe.

—Seguro que sí.»